Por Lara Goyburu
Este domingo, a las 22:16 de Brasilia, con el 99,99% escrutado, el Tribunal Superior Electoral daba a Lula el 51,78% de los votos válidos. Flávio Bolsonaro quedaba en 48,22%. La diferencia era de 4,4 millones de votos (TSE). Tres semanas antes, Flávio le había ganado por 1,87 puntos (TSE).
Después del 4 de octubre, el gobierno y la campaña de Lula salieron a buscar a ese votante, a mirarlo más que a verlo.
A quién fue a buscar la campaña de Lula
El beneficiario clásico del Bolsa Família ya votaba mayoritariamente a Lula. El 17 de septiembre, a 17 días de la primera vuelta, el gobierno anunció un aumento del 15% del programa, y ese aumento se empezó a pagar el 19 de octubre, seis días antes del balotaje (Jornal Contábil).
Pero después de la primera vuelta, la apuesta sumó otro destinatario. El 13 de octubre, a doce días del balotaje, el gobierno lanzó el Prospera MEI, un paquete para los microemprendedores individuales (Valor, Times Brasil, Forbes Brasil). Sus medidas principales fueron:
- el perdón de R$ 12.600 millones en deudas tributarias de 3,6 millones de MEI, que requiere una ley complementaria;
- la compra de R$ 6.000 millones en deudas bancarias de MEI, con descuentos mínimos del 90%;
- un Pix de hasta R$ 5.000 por beneficiario, para un máximo de un millón de MEI, con prioridad para las mujeres que facturan hasta R$ 40.500 al año;
- la exención de emitir factura en las ventas a personas.
Ese mismo día, Lula prometió un Pé-de-Meia para universitarios si era reelecto (Folha).
El MEI encaja con el perfil que describe esta serie. Una manicura o un repartidor con CNPJ y una deuda con la Receita Federal. Las estadísticas no lo cuentan como pobre, y su trato con el Estado pasa más por la Receita que por la protección social. Es un votante al que el bolsonarismo le habla con el discurso del emprendedor frente al Estado. Lula le habló de su deuda y de su negocio.
La versión de la “compra” de los votos
En las redes brasileñas circula una versión según la cual Lula puso plata en la cuenta de cada microemprendedor en las últimas semanas de campaña y le dejó la factura al gobierno siguiente. Los datos que hoy tenemos disponibles permiten precisarla.
Las estimaciones del total van de R$ 290.000 millones (Folha) a R$ 298.400 millones, según la Instituição Fiscal Independente del Senado (O Globo). Abarcan medidas de 2026 y de 2027, y de naturaleza distinta. Según la IFI, más del 60% corresponde a programas de crédito subsidiado que deben devolverse (Gazeta do Povo).
Las medidas para los MEI no llegaron antes de la votación, son una promesa. El perdón de deudas necesita una ley que el Congreso todavía no votó. El Pix MEI no tiene criterios de selección definidos y su ejecución está prevista para 2027 (Portal 6). El Pé-de-Meia universitario es una promesa para el próximo mandato.
Otras medidas sí llegaron a tiempo. El aumento del Bolsa Família se cobra desde el 19 de octubre. La exención del impuesto a la renta para quienes ganan hasta R$ 5.000 por mes rige desde enero, con un costo estimado de R$ 28.000 millones en 2026 (Folha).
El costo fiscal existe, aunque “mañana”. Folha calcula que el Presupuesto 2027 deberá ajustarse en al menos R$ 39.900 millones, y la IFI estima que el paquete puede sumar 1,2 puntos del PIB a la deuda bruta hasta fines de 2027 (Folha). El gobierno que deberá hacer ese ajuste será el del propio Lula. La sección de opinión de Folha cuestionó el uso electoral de la máquina pública (Folha). La ley electoral prohíbe distribuir bienes o beneficios en año electoral, salvo programas sociales autorizados por ley y con ejecución presupuestaria en el año anterior (Ley 9.504/1997, art. 73; TSE). El Ministerio Público ante el TCU pidió suspender el aumento del Bolsa Família (Movimento Econômico). El debate legal, sin embargo, sigue abierto.
Ser visto
En el caso de los MEI, el dinero todavía no llegó. Si el paquete movió votos, lo hizo por otra vía: un Estado que le dice a ese votante que sabe que debe y que tiene un negocio., que lo mira y sabe que existe, y que tiene un plan para acompañarlo.
La investigación sobre transferencias y voto ayuda a pensar ese mecanismo. Cesar Zucco estudió las elecciones brasileñas de 2002 a 2010 y encontró que los beneficiarios del Bolsa Família votaron más al candidato oficialista en las tres presidenciales del período (Zucco, 2013). El dato clave es que el premio fue para quien gobernaba en cada momento, sea del partido que fuera. El vínculo era con el gobierno de turno.
En Uruguay, Manacorda, Miguel y Vigorito midieron el efecto del PANES, un programa de transferencias de 2005. Los hogares beneficiarios tenían entre 11 y 13 puntos más de probabilidad de apoyar al gobierno, y ese apoyo se mantuvo después de terminado el programa (Manacorda, Miguel y Vigorito, 2011). Los autores proponen dos explicaciones compatibles: el votante aprende qué le importa a ese gobierno, y responde con reciprocidad a quien lo tuvo en cuenta.
La teoría del reconocimiento le pone nombre a esa respuesta. Axel Honneth sostiene que la experiencia de menosprecio, de no ser tenido en cuenta, es una fuente de conflicto social tan potente como la privación material. Katherine Cramer describió el reverso en el Wisconsin rural: un resentimiento hacia quienes, en la percepción de esos votantes, deciden sin mirarlos (Cramer, 2016).
Sentirse ignorado ordena el voto. Sentirse visto, también.
En la primera entrega, en noviembre de 2023, describí a los nadie como quienes no habían sido alcanzados de manera suficiente por la red de ayudas estatales. En la tercera distinguí tres maneras de sentir al Estado: cercano, lejano o en contra. El votante MEI vive la tercera. Para él, el Estado es la Receita y la deuda. Con el Bolsa Família, el gobierno sostuvo a los que ya lo sentían cercano. Con el paquete para los MEI, intentó llegar a los que lo sentían en contra, y lo hizo nombrándolos, por su deuda y por su negocio. Es la tesis de esta serie llevada al extremo.
La línea pasa por el Estado.
De dónde salieron los votos
Entre las dos vueltas, Lula sumó 10,4 millones de votos y Flávio, 3,7 millones. En total, los dos sumaron 14 millones de votos. Esa cifra equivale a tres variaciones netas entre la primera y la segunda vuelta (TSE, primera vuelta; TSE, segunda vuelta):
- 9,3 millones de votos que en la primera vuelta fueron a otros candidatos;
- 2,9 millones de votantes más;
- 1,8 millones menos de votos en blanco y nulos.
Son saldos. Entre una vuelta y otra hubo votantes que dejaron de ir y otros que fueron. Las cifras miden el resultado de esos movimientos. Para seguir a las personas hacen falta encuestas e investigaciones en las proximas semanas. Aun asi podemos ver algunos indicios:
Los terceros. Explican dos de cada tres votos nuevos. Según Quaest, el 48% de los votantes de Augusto Cury elegía a Lula y el 33% a Flávio, aunque Cury había apoyado a Flávio (O Globo). Mi estimación por municipio apunta en la misma dirección. Los votantes de Ronaldo Caiado y de Renan Santos se inclinaron por Flávio. Quaest le daba a Lula el 21% y el 25% de esos electorados, respectivamente.
La participación. Votaron 2,9 millones de personas más. La abstención de la primera vuelta, del 21,08%, había sido la más alta desde 1998 (O Povo). Según mi estimación por municipio, siete de cada diez votantes adicionales están en el Sudeste y el Sur, las regiones donde Flávio había ganado.
El voto en blanco y el voto nulo. Hubo 1,8 millones menos de esos votos. En proporción, la caída fue mayor en el Nordeste, donde pasaron del 5,1% al 3% de los votos emitidos. La estimación por municipio indica que la mayor parte de ese voto terminó en Lula.
Ese electorado se movió durante la campaña. El primer Datafolha del balotaje, del 8 de octubre, ubicaba al 46% de los votantes de terceros con Flávio y al 32% con Lula (Diário de Pernambuco). Entre los votantes de Cury, el grupo más numeroso, Quaest registró que Lula pasaba del 34% el 14 de octubre (O Liberal) al 48% el 21 de octubre. Fue un electorado que decidió tarde, y en buena medida decidió por Lula.
Lula ganó con los votantes que no eran de nadie. La mayoría había elegido a otro candidato en la primera vuelta. El resto había votado en blanco o no había ido.
Ese perfil coincide con lo que la ciencia política sabe del votante tardío. Con datos de las elecciones canadienses, Fournier y sus coautores mostraron que quienes definen su voto durante la campaña son los más sensibles a lo que ocurre en ella (Fournier et al., 2004). Para el caso brasileño, Samuels y Zucco describen un electorado organizado en tres grupos: los petistas, los antipetistas y una franja amplia sin identificación partidaria (Samuels y Zucco, 2018). Esa franja es la que esta serie llama los que no tienen dueño. Su voto depende de lo que perciben en las últimas semanas.
En la tercera entrega advertí que las encuestas medían bien el malestar y peor su dirección, porque el electorado decide más tarde y se mueve más. El balotaje lo confirmó. Entre el primer Datafolha y la última Quaest, la preferencia del grupo más numeroso de terceros cambió de signo.
Sobre los que no habían ido, la evidencia es más escasa. Que 2,9 millones de personas más votaran después de la abstención más alta en casi tres décadas sugiere que una parte del desencanto volvió a las urnas cuando la elección se volvió binaria. Para saber por qué, harán falta encuestas e investigación poselectorales.
Lo que los números no dicen
Los datos agregados tienen límites.
Lula recortó la ventaja de Flávio en todos los estados que este ganó, desde 2,3 puntos en Rondônia hasta 7,4 en Río de Janeiro. Minas Gerais fue el único estado que cambió de ganador: Lula se impuso por 50,4% a 49,6%. En el Nordeste amplió su ventaja en 2,6 millones de votos. En el Sudeste redujo la de Flávio a cerca de la mitad (TSE).
Un movimiento tan parejo se parece más a una dinámica nacional que a un efecto focalizado. Los datos agregados no permiten atribuirle votos al paquete para los MEI. Para eso hacen falta encuestas que identifiquen a esos votantes, y todavía no las hay.
Lo que sí se puede afirmar es más modesto. Los nadie definieron la elección en las últimas tres semanas. Y la mayoría lo hizo por el candidato que gobierna.
Ese resultado obliga a revisar una parte de mi lectura anterior. El mapa del 4 de octubre parecía confirmar que el malestar fluía hacia la ruptura. Tres semanas después, buena parte de ese electorado eligió al oficialismo. La tesis central resiste si se toma en serio lo que planteé en la segunda entrega y retomé en la tercera: los nadie son un estado de ánimo político, sin identidad social fija. Un estado de ánimo cambia de dirección cuando cambia lo que tiene enfrente.
También resiste la idea de la nitidez. En la segunda entrega escribí que los nadie votan por lo que perciben más nítido que las alternativas, y eso no siempre es la oposición. En la primera vuelta, para el que se sentía afuera, esa opción fue Flávio. En la segunda, Lula sumó algo que el opositor no podía ofrecer: un Estado que ya estaba haciendo algo concreto por ese votante, o que prometía hacerlo de manera directa. Es lo que anticipa Zucco cuando afrima que el votante premia a quien gobierna en ese momento.
La advertencia para Argentina
El que gobierna tiene una herramienta que el opositor no tiene. Puede hacer sentir al votante que el Estado lo ve y lo mira, y hacerlo a tiempo. Lula la usó a fondo, con un costo fiscal que va a pagar su propio gobierno.
Sin embargo, la herramienta no garantiza el resultado. Argentina lo comprobó en 2023. Sergio Massa, ministro de Economía y candidato oficialista, impulsó en plena campaña la eliminación de Ganancias para los asalariados, sancionada el 29 de septiembre como Ley 27.725 (BAE Negocios). Ganó la primera vuelta con el 36,68% (La Nación). Perdió el balotaje con el 44,35%, frente al 55,65% de Javier Milei (escrutinio definitivo). En octubre de ese año, la inflación interanual era del 142,7% (INDEC).
La evidencia comparada va en la misma línea. Brender y Drazen analizaron 74 países entre 1960 y 2003 y no encontraron ningún grupo en el que el déficit en año electoral ayudara a reelegir al gobierno. En las democracias más antiguas, incluso lo perjudica (Brender y Drazen, 2008). Según esa evidencia, el gasto de campaña no compensa por sí solo un malestar de fondo. Sirve cuando el votante ya está dispuesto a escuchar, y Brasil llegó al balotaje con un electorado partido en mitades.
Las reglas argentinas además limitan esa herramienta. El Código Electoral prohíbe, durante los 25 días previos a la elección, inaugurar obras y lanzar o promocionar planes o programas de alcance colectivo (art. 64 quater; BAE Negocios). El paquete para los MEI, anunciado a doce días del balotaje, habría caído dentro de esa ventana. El sistema de balotaje también es otro: en Argentina, un candidato gana en primera vuelta con el 45%, o con el 40% y diez puntos de diferencia (Constitución Nacional, arts. 97 y 98). La segunda vuelta, donde Lula hizo su remontada, puede no llegar.
El gobierno argentino que llega a 2027 enfrenta un desafío distinto. Según su propia definición, su programa se basa en la reducción del Estado y la baja de la inflación. En esa lógica, el Estado se hace presente a través de precios más estables y menos impuestos. Esa respuesta convence a una parte de su electorado. La desaprobación muestra que hay otra parte a la que no llega.
Los datos del Monitoreo Nacional de M&F de septiembre, que presenté en la tercera entrega, muestran dónde está esa otra parte. La desaprobación del Gobierno llegaba al 58,1%. El desempleo empataba con los aumentos de precios y tarifas como principal problema. La aprobación era de 44,2% entre los hombres y de 28,9% entre las mujeres, la brecha más amplia de la serie. Cuando el desempleo pasa al frente, el malestar deja de ser difuso y se vuelve biográfico.
El equivalente argentino del MEI es el monotributista, ese que conoce al Estado sobre todo como recaudador. Si los nadie argentinos se parecen a los brasileños, una parte de ellos está ahí y entre las mujeres que desaprueban al Gobierno. Son votantes sin dueño, que pueden decidir tarde.
La oposición tiene el problema inverso. No maneja el Estado. Y, como señalé en la entrega anterior, el descontento no fluye solo hacia ella. Para captarlo necesita una oferta nítida, dirigida a quienes sienten que el Estado no los ve, y mucho menos los mira, y debe construirla sin la herramienta de demostrarlo desde el gobierno.
Hay un antecedente propio. Después de las legislativas de 2025, en la segunda entrega, señalé que en Argentina el voto de confirmación había prevalecido sobre el voto castigo, aun con variables sociales estresadas. Brasil muestra el mismo movimiento con otra herramienta. En Argentina, el oficialismo obtuvo la confirmación en una campaña que giró sobre la probidad y el orden. En Brasil, la obtuvo con un Estado que nombró a sus votantes.
Para 2027, la pregunta en Argentina es quién va a saber leer a tiempo dónde están los que se sienten invisibles. Brasil agrega una precisión: esa lectura rinde votos cuando llega a tiempo y nombra al votante.
Referencias
- Brender, A. y Drazen, A. (2008). “How Do Budget Deficits and Economic Growth Affect Reelection Prospects? Evidence from a Large Panel of Countries”. American Economic Review, 98(5), 2203-2220.
- Cramer, K. (2016). The Politics of Resentment: Rural Consciousness in Wisconsin and the Rise of Scott Walker. University of Chicago Press.
- Fournier, P., Nadeau, R., Blais, A., Gidengil, E. y Nevitte, N. (2004). “Time-of-voting decision and susceptibility to campaign effects”. Electoral Studies, 23(4), 661-681.
- Honneth, A. (1997 [1992]). La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales. Barcelona: Crítica.
- Manacorda, M., Miguel, E. y Vigorito, A. (2011). “Government Transfers and Political Support”. American Economic Journal: Applied Economics, 3(3), 1-28.
- Samuels, D. y Zucco, C. (2018). Partisans, Antipartisans, and Nonpartisans: Voting Behavior in Brazil. Cambridge University Press.
- Zucco, C. (2013). “When Payouts Pay Off: Conditional Cash Transfers and Voting Behavior in Brazil 2002-10”. American Journal of Political Science, 57(4), 810-822.
Nota metodológica. Los resultados son provisorios, del Tribunal Superior Electoral, con el 99,99% de las secciones escrutadas a las 22:16 de Brasilia del 25 de octubre de 2026. El destino del voto de los terceros, del blanco y nulo y de los votantes adicionales es una estimación propia. La calculé comparando los resultados de las dos vueltas en todos los municipios y localidades de votación en el exterior, y la contrasté con las encuestas Quaest y Meio/Ideia de la última semana de campaña. Es una inferencia sobre datos agregados: no observa votantes individuales.
