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El sendero a Laguna Esmeralda, el punto turístico con mayor afluencia de visitantes en la capital fueguina, se encuentra al borde del colapso logístico y ambiental. Lo que debería ser la postal del éxito turístico de Ushuaia se ha transformado en un escenario de riesgo vial, informalidad comercial y deterioro del entorno natural debido a una crítica falta de planificación e inversión estatal que pone en peligro la sostenibilidad del recurso a largo plazo.

Esta problemática comienza de manera visible en el acceso sobre la Ruta Nacional N°3, donde la inexistencia de un estacionamiento ordenado obliga a cientos de vehículos a ocupar las banquinas. Se trata de una práctica prohibida y peligrosa que se repite cada fin de semana sin soluciones alternativas ni presencia de autoridades que ordenen el tránsito en una vía de alta velocidad. El deterioro se profundiza al ingresar al sendero, que no cuenta con baños, conectividad, señalización integral ni personal regular que asista a los caminantes, convirtiendo la experiencia en una falla estructural de servicios básicos.

Ante la ausencia de una gestión estatal presente, el espacio ha dado lugar a la proliferación de servicios irregulares, que incluyen la venta de alimentos y el alquiler de equipo sin ningún tipo de habilitación ni control sanitario. Esta situación ocurre a la vista de todos en un área natural que debería estar protegida bajo criterios claros. La falta de un plan integral que ordene el transporte, la seguridad y la preservación ambiental demuestra que el atractivo ha crecido impulsado por su propia belleza, pero la gestión política ha quedado rezagada.

Hoy, Laguna Esmeralda no muestra la mejor cara de Ushuaia, sino las consecuencias de la improvisación y la saturación. La masividad, sin el acompañamiento de infraestructura y regulación, se traduce en impacto ambiental negativo y una precarización del destino. Resulta urgente una intervención que transforme este desorden en un modelo de desarrollo sostenible, entendiendo que gestionar no es prohibir, sino invertir y cuidar el patrimonio antes de que el daño sea irreversible. El colapso del sendero más visitado de la ciudad es, en última instancia, el reflejo de una política turística que aún no está a la altura de su propio éxito.

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