Por Luis Castelli
“Vamos a vivir mejor” fue el slogan con el que Gustavo Melella le ganó la gobernación a Rosana Bertone en 2019. Cuatro palabras que no prometían nada concreto pero lo decían todo: esto que hay es malo, yo lo voy a cambiar, y la responsable de lo malo tiene cara y nombre.
Nació así el “Ahh, pero Bertone” como la frase que en Tierra del Fuego funcionó como escudo y cancelación de cualquier discusión incómoda. Hoy, seis años después, y ante un panorama provincial desolador (déficit de miles de millones, fábricas que cierran, sueldos que no alcanzan, chicos sin clases, sistema de salud destrozado), es cada vez menos frecuente encontrar, como hasta ayer nomás, alguien que la pronuncie con una sonrisa socarrona para que el tema se cierre solo.
Hoy voy a hacer lo que casi nadie ha hecho hasta ahora con esa chicana: tomarla en serio, discutirla, ponerla en contexto.
Cuando Bertone asumió el 17 de diciembre de 2015 encontró una Tierra del Fuego en estado de caos real, comparable al de hoy. No de campaña, no de relato opositor. Caos real, con números.
La provincia con la mayor coparticipación por habitante del país pagaba jubilaciones en cuotas; los hospitales no tenían los materiales básicos; los jubilados iban a la Justicia para cobrar; las escuelas se veían cada vez más deterioradas, sin mantenimiento. Lo único que crecía era el Estado clientelar, que además de grande, se mostraba ineficiente. Esa era la realidad de Tierra del Fuego en diciembre de 2015. Antes de Bertone.
Estos datos importan. Importan mucho. Porque toda evaluación de gestión que ignore el estado de situación inicial es, lisa y llanamente, deshonesta. Y la política fueguina lleva años siendo deshonesta con estos datos.
Al caos heredado hay que sumarle el contexto nacional. Porque Bertone no gobernó en un país en piloto automático. Gobernó durante los cuatro años de Mauricio Macri. Y eso no es un detalle: es el dato central para entender todo el período.
Fue la época de la apertura de importaciones, de la caída del mercado interno, de la inacción que no paraba, del crédito que no aparecía. “Ahh, pero Macri” fue la chicana del momento, pero Bertone no se prendió en esa. Denunció lo que había que denunciar, pero dialogó, golpeó puertas , negoció y gestionó obras y beneficios, y no bajó los brazos ante una realidad que se presentaba muy dificil.
Gobernar una provincia pequeña, periférica y dependiente del subrégimen industrial en pleno cambio de paradigma nacional y con la herencia caótica antes descripta fue, en muchos sentidos, un trabajo costoso, sobre todo en lo politico. Y Bertone lo hizo igual.
Hay un relato instalado que reduce cuatro años de gestión de Bertone a dos palabras: “ajuste y deuda.” Ese relato es parcial y deshonesto.
En salud, la flota de ambulancias pasó de 14 a 29 vehículos, se sumó tecnología hospitalaria, se incorporaron profesionales, se inauguró un nuevo Centro Asistencial en Tolhuin.
En educación, se sostuvo el calendario de 180 días de clases durante sus 4 años de gobierno. Suena menor. No lo es. En una provincia con historia de paros eternos, y de años escolares que terminaban antes y empezaban después, sostener el ciclo lectivo completo fue un hito político. Además, se abrieron establecimientos nuevos, se licitaron obras de infraestructura escolar con financiamiento nacional, se apostó a la industria del sofiware y la robótica como horizonte laboral para los jóvenes.
En vivienda e infraestructura urbana: se ejecutaron obras en los barrios más vulnerables de Río Grande y Ushuaia. Cientos de familias accedieron a servicios básicos (gas, agua, cloacas) por primera vez.
En Hidrocarburos, Bertone extendió concesiones petroleras y recuperó la aplicación de la ley 19.640 para las explotaciones off-shore.
Tuvo una política portuaria seria y responsable, jamás le hubiesen intervenido el Puerto de Ushuaia. Llevó adelante la obra de dragado del muelle para que ingresaran barcos de mayor porte, y se realizó la licitación de ampliación del muelle, que aún inconclusa, fue la que permitió que se concretara en la gestión de Melella.
En la defensa de la Ley 19.640, Bertone fue infexible. Cuando el gobierno nacional tensó la cuerda sobre el subrégimen industrial, ella no cedió. Logró el compromiso de que el subrégimen no tendría cambios hasta 2023. E impulsó la Ley de Sofiware e Industrias Creativas como apuesta a la diversificación productiva.
Lo de la deuda merece un párrafo aparte: Bertone gestionó y consiguió un préstamo de 200 millones de dólares para obras de infraestructura, que dejó íntegramente para que se ejecutaran en el periodo siguiente. ¿Qué hizo Melella? Los dilapidó en gastos corrientes.
¿Y hubo ajuste? Sí, no quedaba otra en aquel contexto. En ese entonces no se valoró, se castigó electoralmente su responsabilidad fiscal. Cuatro años después Tierra del Fuego, cómo gran parte del país, votaba el ajuste y la responsabilidad fiscal de Milei.
¿Fue todo perfecto? Por supuesto que no. Hubo errores que provocaron tensiones y confictos políticos que tal vez se hubieran podido evitar. La política es así: compleja, llena de grises, de decisiones difíciles.
Pero el saldo es un Estado que —partiendo de un caos absoluto y en plena tormenta macroeconómica
— logró reordenar sus finanzas, volver a prestar servicios básicos y construir obra pública con una regularidad que la provincia no había visto en años.
La decisión que no se le perdonó
Después de hablar con mucha gente, de medir a través de encuestas y focus groups, es claro que hubo una medida de la gestión Bertone que concentra más odio que todas las demás juntas. Una que los gremios y la política no le perdonaron, que los empleados públicos le cobraron en las urnas, y que casi nadie —ni siquiera quienes la defendieron en su momento— reconoce hoy en su justa dimensión: la reforma previsional de enero de 2016.
Para entenderla hay que entender primero lo que existía antes. Tierra del Fuego tenía un sistema jubilatorio que era, técnicamente, una bomba de tiempo. La famosa ley de los “25 inviernos” permitía retirarse sin límite de edad con solo 25 años de servicio en la isla. Una docente podía jubilarse a los 45. Un estatal varón, a los 50. La relación entre años de aporte y años de cobro era actuarialmente inviable. El resultado era predecible, y se produjo: la Caja colapsó. Los jubilados no cobraban sus haberes salvo que tuvieran un amparo judicial. Y claro, solo cobraban aquellos que podían pagar un abogado. Eso era el sistema previsional fueguino cuando Bertone asumió.
A menos de un mes de haber jurado, en una sesión que arrancó el 8 de enero y terminó el 9, con 14 horas de debate y todos los gremios en alerta, Bertone impulsó el paquete de emergencia previsional. Las leyes eliminaron la ley de los 25 inviernos, llevaron la edad jubilatoria a 60 años para hombres y mujeres, crearon un Fondo de Sustentabilidad del Sistema y separaron la Caja del IPAUSS. Se aprobó con votos del PJ, la UCR y otros bloques.
El costo político fue inmediato y brutal. Acampe de todos los gremios. SUTEF y ATE en pie de guerra desde el primer día. El inicio del ciclo lectivo en riesgo. La imagen de la gobernadora en caída libre. Fue, en gran medida, el origen del “Ahh, pero Bertone”.
Dicho de otro modo: Bertone tomó la decisión que nadie quería tomar, bancó el costo político de tomarla, y el sistema funcionó.
Ahora viene la parte que cierra el círculo. En noviembre de 2022, Gustavo Melella revirtió parcialmente esa reforma como promesa de campaña cumplida. Permitió jubilarse a los 55 años con hasta el 82% del sueldo en actividad. Lo celebró como una “restitución de derechos.” Los gremios aplaudieron. Los legisladores votaron por unanimidad.
Sin embargo, economistas y analistas advierten que el sistema volvió a ser insostenible. Que con una esperanza de vida de 85 años, financiar 30 años de jubilación con 25 de aportes es exactamente el mismo esquema que quebró el sistema previsional fueguino aquella vez.
En junio de 2019, Bertone perdió la reelección ante Gustavo Melella. Lo hizo en primera vuelta, con una derrota contundente. Los empleados públicos le pasaron la factura de los años difíciles. Los gremios que habían sufrido el ajuste nacional le endosaron a ella la responsabilidad de lo que en realidad era el ajuste de Cambiemos.
Melella llegó con una imagen construida desde la intendencia de Río Grande, con perfil de curita bueno, y con una narrativa atractiva: cambio sin trauma, gestión sin grieta, cercanía. Sonaba bien. Prometía que íbamos a “Vivir mejor”. Todo lo malo era de Bertone.
Seis años después, vale hacerse la pregunta de la muchos huyen: ¿fue mejor lo que vino? Yo lo dejo claro: para mí no, por lejos.
Hace pocos días, el ministro de Economía de la provincia se presentó ante la Legislatura y puso los números sobre la mesa. Fue una de esas conferencias que uno escucha y tiene que releer para creer lo que dice.
Ingresos mensuales: $96.000 millones. Egresos: $123.000 millones. Déficit mensual: $27.000 millones. Deuda flotante total: más de $180.000 millones, creciendo a razón de $27.000 millones por mes. Deuda pública total: de $22.000 millones a más de $135.000 millones en cuatro años. Un crecimiento superior al 500% sin correlato en ninguna obra o inversión estratégica visible.
En diciembre de 2025 renunció en bloque el gabinete económico: el ministro de Economía, el secretario de Finanzas y la directora de Hacienda. Todos al mismo tiempo. La Fiscalía de Estado rechazó avalar nuevas emisiones de deuda. El gobierno tuvo que pedir adelantos impositivos a las empresas para pagar sueldos. No hubo presupuesto 2026. Moody’s calificó a la provincia en BBB, categoría especulativa. Y en lo que va de 2026, el Gobierno de Milei ya tuvo que adelantarle coparticipación a Melella 3 veces, cada una por $20.000 millones.
En el frente industrial, la situación es igualmente grave. Según cifras de la propia administración provincial, en el último año se perdieron alrededor de 6.200 puestos de trabajo entre industria, construcción, comercio y turismo. Un informe de FINNOVA registró una caída del 64% interanual en la producción electrónica en el primer trimestre de 2024. La industria textil, según los mismos datos oficiales, pasó de 952 trabajadores a apenas 284 en el transcurso de un año.”
Claro que no todo es responsabilidad exclusiva de Melella: el contexto nacional es otra vez adverso para el modelo productivo fueguino. Pero hay una diferencia crucial entre ambos gobernadores: ante un contexto difícil, Bertone lo asumió sin reservas y gobernó igual, tomando las decisiones que había que tomar. En cambio, Melella mal administró 4 años de sintonía política (con Alberto y Cristina Fernández al mando del país), y llevó a Tierra del Fuego a la crisis actual. Sin haber construido nada, con la infraestructura provincial detonada, sin salud ni educación de calidad, sin diversificación productiva. Sin plan B. Sin ahorro. Y con un estado elefantiásico e ineficiente que alimentó con la incorporación irracional de miles de nuevos empleados públicos. Todo esto ocultado por multimillonarias campañas de publicidad y propaganda que inundan las redes sociales y los medios.
Hoy, en marzo de 2026, Melella está visto por los fueguinos como un pésimo gobernador, arañando el 30% de aprobación de gestión. El “Ahh, pero Bertone” ya no le funciona para tapar su pésima gestión, y lo desnuda como un dirigente mediocre, que se victimiza ante cada dificultad.
Considero que poner en su debido lugar la gestión de Bertone es hacer justicia histórica. Y es una advertencia sobre cómo los fueguinos —como todos los argentinos— tendemos a juzgar gobiernos por el clima político del momento, sin advertir lo que realmente hicieron con lo que tenían.
Se me va a endilgar que lo hago porque fui funcionario de su gestión. Es válido. Pero a quienes argumenten sólo esto, les pido una cosa: contrasten datos.
Bertone no era carismática. No tenía ese perfil cercano de Melella. Era técnica, directa, a veces áspera. Venía de las trincheras de la política nacional —cuatro mandatos como diputada, un período como senadora— y eso le daba un conocimiento institucional que no siempre se apreció.
Pero gobernó. Gobernó con lo que había, en el peor contexto. Ordenó un Estado que había encontrado en caos y lo hizo funcionar. Tomó la decisión más impopular del período —la reforma previsional— y sostuvo sus consecuencias sin esconderse.
Y perdió su reelección en parte por eso: por haber tomado decisiones difíciles en tiempos difíciles. Por no haber sabido vender lo que hizo, a una sociedad cada vez más cortoplacista. Por no sucumbir a la tentación de la demagogia de subir sueldos o meter más empleados al estado cuando la plata no alcanzaba. Y, digámoslo también, por la falta de acompañamiento de muchos actores a los que ella sin dudas ayudó en la construcción de sus carreras políticas.
La próxima vez que alguien en Tierra del Fuego diga “ahh, pero Bertone” para cerrar una discusión sobre el presente, vale hacerle algunas preguntas simples:
¿Cómo estaba la provincia cuando gobernaba Bertone? ¿Funcionaban los hospitales? ¿Nuestros chicos tenían clases? ¿Las escuelas estaban en condiciones? ¿La obra social estatal atendía a los afiliados que lo necesitaban? ¿Se cortaba la luz cada dos por tres? ¿Había obras y proyectos de infraestructura para hacer crecer a Tierra del Fuego?
Las respuestas no borran sus errores. Pero sí hacen que la chicana ya no tenga gracia, ni sustento a la luz del desastre actual.
Tierra del Fuego merece que su historia se cuente con honestidad. Con los números reales, en el contexto real, sin facilismos ni simplificaciones.
