Rosana Bertone rompe el silencio tras la puesta en marcha de una obra iniciada durante su mandato. Agradeciendo el gesto de Melella, la exgobernadora lanza una dura crítica a la actual gestión: denuncia la parálisis de infraestructura estratégica, el gasto desmedido en estructura política y la falta de un horizonte claro para la provincia, invitando a una autocrítica necesaria en la política fueguina.
Por Rosana Bertone
Exgobernadora de Tierra del Fuego
El Gobernador Gustavo Melella reconoció que la obra de la Aerosilla del Martial se gestó y comenzó en nuestra gestión. Ese reconocimiento debería abrir una conversación más grande que la provincia se debe.
Estuve en la inauguración de la nueva aerosilla del Cerro Martial y voy a confesar algo: fui con una mezcla de sensaciones, pero la que terminó ganando fue la alegría. Alegría de fueguina, de vecina, de alguien que entiende lo que significa para Ushuaia recuperar ese lugar, en el que tantas personas dieron sus primeros pasos en los deportes de invierno y la montaña.
Que el Martial vuelva a funcionar, con tarifas accesibles y trabajo para decenas de personas, es una buena noticia. Y las buenas noticias hay que celebrarlas, vengan de donde vengan.
Quiero, además, rescatar un gesto. En su discurso, el gobernador Melella reconoció que esta obra se había iniciado durante nuestra gestión. Se lo agradezco de verdad. No porque necesite el reconocimiento —el mérito de una obra es siempre de muchas manos, y buena parte es de la empresa que invirtió y del equipo que la sostuvo—, sino porque esa clase de gestos, los de nombrar lo que hizo el otro, son los que tanto le faltan a nuestra política. Ojalá se repitieran más seguido.

Poner en marcha nuevamente la aerosilla del Martial no fue un hecho aislado. Fue parte de una política de obras que llevamos adelante y que se terminó, en buena medida, porque el predio ya estaba en manos del concesionario y el camino ya estaba trazado.
Y ahí aparece lo que de verdad me preocupa. Tengo la sensación de que la provincia perdió el rumbo. Y ya no hablo de una obra puntual: hablo de la ausencia de un proyecto de futuro, de una estrategia de desarrollo y de crecimiento que ordene las prioridades y nos diga hacia dónde vamos. Y este no fue, ni es, un problema de plata.
A esta gestión le dejamos una provincia ordenada, con obras en marcha y con crédito tomado específicamente para construir infraestructura. El gobierno de Alberto Fernández, además, giró a Tierra del Fuego muchísimos recursos, que, por decisión de Melella se fueron en agrandar la estructura política, y en sumar militancia a la planta del Estado, en una maquinaria que crece mientras las obras que de verdad cambian la vida de la gente quedan frenadas.
Porque sí, se recuperó el Martial, pero muchas otras obras se frenaron y/o cancelaron:
- la ruta de la costa del Beagle,
- La licitación de la interconexión de los Gasoductos San Martín y Fueguino para ampliar la capacidad de metros cúbicos de gas por 20 años, que dejamos lista para adjudicar,
- los microestadios en Rio Grande, puestos en funcionamiento en silencio por esta gestión ante la evidencia de que fueron hechos por la nuestra,
- la licitación de Petrel, que también dejamos lista para adjudicar y frenó esta gestión,
- la planta de tratamiento de efluentes de Ushuaia,
- la planta de tratamiento de líquidos cloacales de Margen Sur en Rio Grande.
- El centro de distribución de energía del río Pipo
- Ni hablar del hospital de Ushuaia, que hace seis años está ahí, parado, como un monumento a la desidia.
No es una lista para hacer leña: es la radiografía de una provincia que tiene con qué y aún así, está estancada.
Y no se trata solo de ladrillos. Hay una gestión cotidiana, esa que no se inaugura con una cinta, que también marca la diferencia.
Durante nuestros cuatro años, los chicos y las chicas de Tierra del Fuego tuvieron garantizados sus 180 días de clase, todos los años, sin excepción. Puede sonar a un dato técnico, pero detrás de ese número hay familias que organizaban su vida sabiendo que la escuela iba a estar abierta, y chicos y chicas que no perdieron lo único que de verdad no se recupera: tiempo de aprender. Ese piso, hoy, no se cumple. Y duele, porque es justamente en lo que no se ve donde se nota si un gobierno tiene un proyecto o apenas administra el día a día.
Ahora bien, no vengo a dar lecciones, y mucho menos a presentarme como dueña de la verdad.
Estos años, fuera de la función, me dediqué bastante a escuchar. Y escuché muchas cosas, varias de ellas críticas hacia mí. Algunas me dolieron y otras, con el tiempo, tuve que admitir que tenían su parte de razón.
La más dura, lo sé, fue la reforma del sistema previsional del Estado, la que extendió la edad jubilatoria de los empleados estatales. Entiendo el enojo; sé lo que esa decisión significó para mucha gente y no lo voy a minimizar. Pero también tengo la obligación de contar lo que no siempre se cuenta. Cuando asumimos, los jubilados de la Caja cobraban en cuotas, con demoras de meses en algunos casos. La Caja de Jubilaciones del Estado estaba al borde de fundirse, y sin esa reforma —difícil, impopular, de las que no dan ningún rédito— hoy directamente no habría sistema con qué pagarles. Fue una decisión que tomé sabiendo el costo político que iba a tener, porque me parecía impostergable y urgente. ¿Pudo explicarse mejor, acompañarse de otro modo, hacerse con menos dureza y más diálogo? Probablemente sí. En el fondo la sigo defendiendo; en las formas, reconozco que hubo cosas que podría haber hecho distinto.
Me dijeron, también, que a veces fui demasiado tajante, demasiado segura, que confundí firmeza con altanería. Lo pienso seguido. Se pueden defender las mismas convicciones de un modo menos antipático, con más oído y menos sentencia. Si volviera atrás, hay cosas que haría igual y otras que haría distinto. Quien gobierna y dice que no se equivocó nunca, miente, o no estuvo prestando atención.
Lo digo porque me parece que esa es la conversación que la política fueguina se debe: una que pueda reconocer aciertos ajenos sin rencor y errores propios sin culpa. Celebrar el Martial y, en la misma frase, preguntar por el hospital. Las dos cosas son ciertas. Las dos cosas importan.
Tierra del Fuego no necesita más grietas ni más relato. Necesita un plan. Necesita que la energía y los recursos que tiene —que son muchos— se ordenen detrás de un horizonte compartido: la infraestructura que falta, el turismo de todo el año, la industria que tenemos que defender y diversificar a la vez. Eso no se resuelve con un acto y una foto. Se resuelve con gestión, con continuidad y con la humildad de retomar lo que estaba bien encaminado en lugar de empezar siempre de cero.
Ojalá la aerosilla del Martial sea el comienzo de algo y no la excepción que confirma la regla. Ojalá se recupere, también, la provincia. Y ojalá quienes tenemos algo para aportar seamos capaces de hacerlo con menos soberbia y más vocación de construir.
Eso, al menos, es lo que creo haber aprendido en estos años de silencio.
