A tres años de cumplir un siglo de vida, Ruth Morton ha decidido romper un pacto de silencio que mantuvo durante más de cuatro décadas. Con su tez blanca y una mirada azul que parece conservar la frialdad de los reportes militares, la mujer que siempre se definió como “anglouruguaya” reveló un capítulo oculto de la Guerra de Malvinas: su rol como espía para la inteligencia británica en territorio argentino.
Hija de Eddie y Margaret, Ruth creció en una burbuja británica en pleno Montevideo. Sus padres, fervientes leales a la Corona, evitaron que sus hijos se mezclaran con la cultura local. Para ella, ser inglesa no era una nacionalidad, sino una misión. Esta herencia no era solo simbólica; ya durante la Segunda Guerra Mundial, su padre había convertido las oficinas del ferrocarril en un nido de inteligencia donde Ruth, con apenas once años, aprendió que la lealtad se escribía en mensajes interceptados y silencios compartidos.
En 1982, esa herencia golpeó a su puerta. Con 53 años, una hija y una vida establecida, fue reclutada por su propia hermana, contadora de la embajada británica. Sin titubeos ni dramatismos, Morton cruzó el Río de la Plata y se instaló en Mar del Plata. Su objetivo: los submarinos ARA Santa Fe, ARA San Luis y ARA Santiago del Estero.
Su «cuartel general» no tenía el glamour de las películas de espionaje. Ruth pasaba sus días bajo las maderas de un edificio en ruinas, arrastrándose entre la arena y la suciedad para obtener una línea de visión directa hacia la base naval. Las ampollas en sus codos y rodillas fueron el primer costo de una vigilancia que exigía precisión quirúrgica. “Solo debía ser precisa. Palabra por palabra”, recuerda hoy, con una frialdad que asombra.
La logística de su traición era rudimentaria pero efectiva. Tras observar los movimientos navales, tomaba dos colectivos hacia el interior, buscaba un teléfono público y llamaba a contactos que cambiaban de número constantemente. Voces con acento británico del otro lado de la línea recibían la información que sellaba el destino de las naves argentinas.
La precariedad llegó al extremo cuando su contacto desapareció y los fondos se cortaron. En un giro casi surrealista, la espía británica comenzó a tejer gorros con la inscripción “Mar del Plata” para sobrevivir, vendiéndolos a través del portero de un hotel mientras, por las noches, volvía a su escondite en las ruinas.
En esa soledad, su única compañía fue un carpincho viejo que frecuentaba el lugar. Una noche, un proyectil disparado desde el mar impactó en el refugio. El animal murió en el acto. “Me salvó la vida”, admite Morton, reconociendo que ese disparo estaba destinado a terminar con su misión. Poco después, una agente bajo el nombre clave “Claire” le ordenó retirarse.
Al finalizar el conflicto, el Reino Unido intentó agradecerle con una fuente de plata y un reconocimiento oficial. Sin embargo, para Ruth, el gesto fue casi un agravio. No buscaba medallas; actuaba por una convicción genética que la hacía sentir más cerca de Londres que de la tierra que pisaba.
Hoy, la historia de la mujer que financió su espionaje tejiendo gorros de lana sale a la luz. Ni siquiera su propia hija conocía la verdad. A punto de cumplir cien años, Ruth Morton deja de ser una vecina más para mostrarse como lo que fue: una pieza silenciosa, incómoda y letal del engranaje que operó en las sombras del Atlántico Sur.
